UN DON DE DIOS A LA PARROQUIA

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El encargo de este escrito, amablemente solicitado por la Superiora de la Casa de Zaragoza, me llega en pleno “Año de la Vida Consagrada”. Por todas partes se difunde la consigna del papa Francisco, ya formulada por San Juan Pablo II en los comienzos del tercer milenio: que la vida religiosa tiene una historia gloriosa para recordar y contar, al mismo tiempo que una gran historia por construir.

Recordaré y contaré, en primer lugar, el origen de mi conocimiento y consiguiente devoción a Santa Vicenta María. Viene de muy lejos. Nació en las aulas de la Pontificia Universidad de Salamanca, siendo alumno del que fue su rector magnífico, el aragonés don José Artero. Gran pensador y orfebre de la palabra escrita, musicólogo de fuste y pionero en España de las obras misionales, con frecuencia encontraba ocasión para ensalzar a “Vicentica“, la mujer de Cascante, de quien acababa de escribir su biografía, año 1943, con el título de “venerable” que le acababa de otorgar la entonces Congregación de Ritos. Aquel bello libro de juventud me abrió el apetito para leer luego una nutrida serie de publicaciones interesantísimas, que aún siguen certificando la verdad profética del cardenal Sancha el mismo día de la muerte de Santa Vicenta María: “cabe en su cabeza un mundo para gobernarlo y otro para santificarlo”.

Más tarde, ya sacerdote, trabajando por entre las altas cimas pirenaicas, encontré sus huellas. Me hablaban de ella Sabiñánigo y su lazareto, control para los enfermos que se dirigían a Panticosa, y el mismo balneario, y la silente capilla del Sagrario en la catedral románica jacetana, testigos del misterio de dolor y de amor de la Santa, que luego vi reflejado por ella misma en los cuatro espléndidos tomos de su epistolario.

¿Quién me iba a decir entonces que, pasado el tiempo, como fray Luis de León con respecto a santa Teresa, iba yo a conocer mejor a la Fundadora en el trato con sus hijas? Mi último destino sacerdotal durante treinta y dos años ha sido la parroquia zaragozana, hoy basílica, de santa Engracia, al lado mismo de la casa de las Religiosas de María Inmaculada.

El 12 de febrero de 1915 se había abierto esta casa en la calle don Hernando de Aragón, a los 38 años de la fundación en Zaragoza y los diecisiete de la reapertura definitiva. La Hermana María Digna Díaz ha escrito un excelente y documentado estudio sobre este tema.

Cuando en 1968 el arzobispo don Pedro Cantero me nombró párroco de santa Engracia. me vi rodeado de circunstancias muy difíciles. La primera, su reciente desmembración de la diócesis de Huesca, a la que venía perteneciendo desde siglos, originando un famoso enclave en el corazón de la capital zaragozana. La segunda, el duro momento postconciliar de las “reformas” que tantos problemas originaron en la vida de la Iglesia. Era preciso contar con apoyos seguros, grupos eficaces de almas sencillas, para la puesta en marcha de una renovación total. Gracias a Dios, frente a una orquestada contestación, pude lograrlo con gente fiel. En primer término, con las Religiosas de María Inmaculada.

Creo un deber manifestar mi agradecimiento a la comprensión y apoyo que experimenté en las sucesivas Superioras Generales de aquellos años: la Madre María del Carmen Churruca, a la que luego me referiré expresamente; la burgalesa Madre María Cruz Gil y la italiana Madre María Eugenia Visconti. En momentos muy duros para la Congregación supieron sufrir, orar y trabajar con discernimiento para adivinar los verdaderos caminos de la renovación exigida por los tiempos. Entendieron asimismo el riesgo que me asediaba.

La parroquia de santa Engracia había encontrado siempre gran colaboración en las hermanas de la Casa de la calle don Hernando de Aragón. El día de san José de 1968, en mi presentación como nuevo párroco, don Mariano Carilla, mi predecesor, y el coadjutor don Francisco Bibián (“don Paco” para todo Zaragoza), hicieron presentes a las Hermanas Raimunda Laiglesia y Pilar Ganuza, confusas y ruborizadas, y me las señalaron como “las mejores feligresas, el mejor tesoro de santa Engracia”.

¿Qué ayuda prestaban a la parroquia las dos Hermanas y su comunidad? Ante todo, la de su propia vida consagrada: oración, ejemplaridad en el trato, sencillez, austeridad. Y la entrega a su específico carisma de apostolado juvenil. Luego, el trabajo incansable en las más humildes tareas que la parroquia les encomendaba. Su casa estaba siempre abierta a la atención de los sacerdotes, correspondiendo nosotros con el servicio ministerial de ejercicios y retiros, novenas, actos litúrgicos, profesiones y renovación de votos. atención espiritual a las enfermas, charlas a las “chicas”.

De aquellas Hermanas guardo un singular recuerdo. Una tras otra iban muriendo santamente. Sus entierros los celebrábamos en la parroquia con toda solemnidad. Y en mi voluminoso archivo conservo la homilía correspondiente a cada una, en la que, al tenor de los textos bíblicos, subrayo determinados datos específicos de la religiosa difunta. Alguna de tales homilías me fue solicitada por la Casa Generalicia para editarla y distribuirla, como la de la Madre Carmen Churruca. Nombrada Superiora General en el postconcilio, retirada en Zaragoza hasta su muerte, nos dejó el testimonio admirable de una humildad profundísima.

Ya que la extensión de este escrito no nos permite referirnos en particular a cada una, citemos al menos algunos de sus nombres: Hermanas Buen Consejo, San Andrés ,Santa Amalia, Nieves, Almudena, Justa, Paz, Raquel, Covadonga, María Victoria, Adela, Josefa, Mariana, varias Carmen (Asensio, Gómez Lafuente, Martínez, Churruca)…

Sacerdotes v feligreses veíamos en aquellas sencillas mujeres el estilo glorioso y doloroso a la vez de la Fundadora: gloriosa la tenacidad, la belleza del esfuerzo. el servicio humilde y callado. Doloroso el no poder llegar a todo en función de sus escasas posibilidades y de las inmensas perspectivas apostólicas que cada día adivinaban.

Fueron fieles al carisma fundacional: servir. Y servir a las que sirven. Este nombre evoca inmediatamente a Quien dijo: “Yo no he venido a ser servido, sino a servir. Estoy entre vosotros como el que sirve“. El nombre de Jesús Siervo va resultando raro, casi arqueológico –ha escrito Benedicto XVI–, pero es un título que revela una faceta importantísima de Jesús y los suyos. La mayor nobleza cristiana es el servicio a los humildes. Quizá por eso, con gran sagacidad teológica, el pueblo sigue llamando a las hijas de Santa Vicenta López Vicuña “las del Servicio Doméstico”.

Pasó el tiempo. La vida parroquial crecía vigorosa y reclamaba una dedicación más completa en quienes estábamos a su servicio. Por otra parte, las hijas de Santa Vicenta María envejecían y notaban los primeros síntomas de un invierno vocacional. Vino el relevo, primero mediante la presencia de las Misioneras del Pilar y luego de las Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote, cuyo carisma fundacional está precisamente orientado a la vida apostólica en las parroquias. Pero la relación entrañable entre la Parroquia y las Religiosas de María Inmaculada permaneció y sigue perdurando. También nuestro agradecimiento.

Era preciso agradecer de alguna manera la colaboración de las Hermanas. Ya en agosto del año 1973, cuando se acercaba el gozo de la canonización de la Fundadora, la superiora general Madre María Cruz Gil autorizó a un grupo de Hermanas mayores a participar en un sencillo viaje, familiar y delicioso, al santuario de Fátima, visitando de regreso el sepulcro de la Santa en Fuencarral de Madrid. Más tarde, el primer día de mayo de 1975, una nutrida peregrinación parroquial marchó a Cascante y preparó a los feligreses para el gran acontecimiento de la canonización, el 25 del mismo mes en Roma y luego al triduo de acción de gracias, en la parroquia, solemnísimo, en junio del mismo año. La Parroquia siempre siguió estando al lado de las Hermanas, como en la inauguración del nuevo y magnífico edificio, levantado sobre el mismo terreno del anterior y con entrada principal por el paseo de la Constitución.

No quiero terminar estas líneas sin una advertencia a mi parecer necesaria. Mucho me he referido a las beneméritas Hermanas que sirvieron a Dios en la vida parroquial con sus sencillas labores. Pero junto a ellas, en fraternal convivencia, hemos conocido una superación radical en la formación cultural, espiritual, apostólica, profesional y social de las nuevas generaciones de religiosas. La formación permanente ha comenzado a dar frutos. Bajo el signo de la alegría se descubre un despliegue de virtualidades latentes, un complemento, una nueva dimensión de la vida consagrada.

En Zaragoza tenemos nuevo arzobispo. Don Vicente Jiménez Zamora es oriundo de Ágreda, en el límite entre Zaragoza y Soria y, como Cascante, el pueblo natal de santa Vicenta María, perteneciente a la diócesis de Tarazona hasta el año 1953. Conoce bien a las Religiosas de María Inmaculada. Presidente de la Comisión Episcopal para la vida consagrada en la Conferencia Episcopal Española, ha escrito y firmado este 2 de febrero de 2015 una Carta Pastoral que titula: “La vida consagrada, don de Dios a su Iglesia”. Eso es, en una sola línea, lo que fueron para mi antigua parroquia de santa Engracia las Religiosas de María Inmaculada. Y el prelado nos invita a mirar el pasado con gratitud. Vivir el presente con pasión. Abrazar el futuro con esperanza.

Un don, un regalo de Dios. Le damos gracias.

 

Mariano-Sergio Mainar Elpuente,

Presbítero

Zaragoza, 2 de febrero de 2015.

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