Si el grano de trigo….

CarmenChurrucaMADRE CARMEN CHURRUCA
Mientras relleno este papel con sentimientos que brotan de un corazón agradecido, me parece ver una mano grande y delicada a la vez, que me quiere decir: mejor que se calle… Es que me figuro a M. Carmen, aun ahora que ya vive en otra dimensión de la vida, igual que antes sobria, escueta, esquiva de todo lo que pueda sonarle a halagos…Y además realista…consciente que la santidad es puro regalo de Dios.

Quizás la vida, amén de su raíz vasca, la fue haciendo así… austera, seria y, a la vez, tierna, profundamente buena, sin rastro de bonachonería…

La conocí cuando ya era General y yo aún juniora, y en un momento muy difícil para la Congregación en el que el gobierno conllevaba pesada CRUZ. Y así ella vivió su servicio… haciendo vida el misterio del “lavatorio de los pies”, labrado en la familiaridad con el Señor, a quien buscaba en la “oración continua”… Pues nadie podía poner en duda su talante de mujer orante…

No conocía de nada a la Madre Carmen. Todo lo que sabía de ella era fruto de la comunicación de una hermana de mi comunidad que había sido su súbdita y hablaba muy bien de ella Había trabajado mucho por la formación, – con mucha razón creía que era una prioridad en la Congregación- amaba profundamente a las personas a quienes sirvió como prefecta, superiora y provincial. También había elementos contradictorios en las apreciaciones que corrían después de su elección, como suele suceder…

Pero el Señor me concedió la gracia de asomarme a su vida mientras ejercía el gobierno, en algún rato “gratuito” que son los más reveladores de la intimidad, y en otros momentos en los que me alcanzaba directamente el ejercicio de su autoridad… La imagen que guardo en mi corazón y que en muchos momentos de mi vida ha sido referente evangélico, es la de una mujer que vivió el servicio de gobierno con total despojo… así como suena, sin glosa, un despojo humilde, generoso, impregnado del gozo sereno del Espíritu que puede coexistir con el dolor… Era el camino por el que la alcanzaba la Santidad de Dios.

En ella había un humus de radical pobreza expresada en exigencia, austeridad y sencillez y humildad, como “andar en verdad”…Y allí floreció, se desplegó y alcanzó su zenit aquel despojo total, humanamente propiciado por las vivencias, que el difícil tiempo postconciliar le propició. Conoció la profunda soledad humana durante y después de haber dejado el gobierno y en ella creció, maduró y floreció, como una flor en medio de un desierto, la experiencia del SOLO DIOS que le acompañó el resto de sus años, el Dios que acogió su “Tomad Señor y recibid…” quedándose como UNICO conocedor de lo que en su mundo interior se fraguaba, pues la pérdida de sus facultades impedía el acceso a su riqueza interior… el Dios que la envolvió en SU SANTIDAD, la SANTIDAD que casi se hizo visible en su rostro sereno, lleno de paz que mostró al morir. Así la percibimos las que estábamos allí acompañándola… Y como colofón del despojo vivido, sus restos mortales se guardaron en una tumba prestada… ¡Misterios de Dios!.

M. Mª Eugenia Vicenti. RMI

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